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Conclusiones Asesinos en serie y psicópatas


El Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia, que me honro en dirigir, persigue ante todo contribuir a clarificar científicamente eventos de gran impacto social, conectados con la violencia en cualquiera de sus manifestaciones.

Ese objetivo es también el que ha presidido la realización del IV Encuentro sobre Biología y Sociología de la Violencia que en estos momentos clausuramos y cuyos resultados paso a continuación a enumerar brevemente.

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Periódicamente asistimos a episodios de gran alarma social causados por el hecho de que algún psicópata es puesto en libertad. La alarma crece cuando alguno de estos delincuentes vuelve a delinquir, cosa ésta muy frecuente, pues sabemos que el 80% de los psicópatas reinciden antes de haberse cumplido seis años desde su puesta en libertad. Entonces suelen alzarse voces que responsabilizan de lo acontecido a la justicia y a los cuerpos de seguridad. Y lo bien cierto es que, con excepciones, no suelen ser ellos los responsables, sino las normas que aplican.

Y las normas son como son, unas veces, porque sufren un cierto retraso respecto de lo que enseñan los avances científicos. Otras veces, porque estos avances son confusos o, por lo menos, cuestionables.

En el caso que nos ocupa, parece que se cumplen ambos extremos: hay retraso y confusión.

Confusión, ciertamente la hay en torno al concepto mismo de psicopatía. Socialmente, existe una tendencia perversa a etiquetar como psicópata a casi todo criminal al que se le supone sangre fría y carencia de remordimientos. Con ello, desde luego, se torna tan equívoco el concepto de psicópata que casi se vuelve inservible.

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Al respecto, hay, por lo menos, tres preguntas que surgen de inmediato en este punto. La primera se refiere a la causa de los síntomas citados. O, lo que es lo mismo, ¿por qué se produce la psicopatía? Este trastorno, ¿es innato o adquirido? La segunda cuestión hace referencia a la naturaleza de la psicopatía: ¿es, o no, un trastorno mental? Finalmente, la tercera concierne a la identificación que ordinariamente se hace entre psicópata y criminal: todo psicópata, ¿es un criminal?

En este IV Encuentro se ha intentado dar una respuesta científica a estas tres preguntas.

Primera pregunta. El psicópata, ¿nace o se hace?

Parece que entre los científicos presentes en este Encuentro ha habido acuerdo acerca de que la psicopatía no se puede entender únicamente, ni siquiera fundamentalmente, en términos de fuerzas e influencias sociales y ambientales. Ni tampoco exclusivamente en términos de factores biológicos. La psicopatía nace, por el contrario, de complejas interacciones entre predisposiciones biológicas y factores sociales.

Lo que ha sucedido en estos últimos años ha sido que se ha avanzado mucho en el análisis de las predisposiciones biológicas y no tanto en el de las cuestiones sociales asociadas con la psicopatía.

En concreto, estamos asistiendo a un proceso en el que los modernos estudios de neuroimágenes están confirmando antiguas hipótesis que establecían cierta correlación entre, por una parte, el comportamiento criminal y, por otra, algunos defectos en los lóbulos frontales y temporales, o en estructuras subcorticales como la amígdala y el hipocampo. Mediante resonancias magnéticas y tomografías, el Prof. Raine ha evidenciado que la corteza prefrontal de los asesinos impulsivos de una muestra previamente seleccionada tiene tasas de actividad menores que la corteza prefrontal de personas ‘normales’. En esa parte de la corteza parece residir la capacidad de controlar acciones mediatizadas por estructuras como la amígdala. Esta estructura subcortical está ligada a la agresividad y, en el caso de estos asesinos, presenta tasas de actividad muy altas. Se podría decir, pues, que su conducta está inducida por unas amígdalas muy activas que actúan sin el control de la corteza prefrontal.

Lo bien cierto es que no sólo se han encontrado disfunciones en el caso del asesino impulsivo, sino también defectos anatómicos, como un volumen menor de la substancia gris prefrontal, en el caso de personas con trastorno antisocial de la personalidad.

Sería muy importante extender estos estudios a psicópatas en el sentido estricto del término.

La respuesta a la primera cuestión empieza, pues, a vislumbrarse. Sin olvidar la importancia de los factores sociales, parece que el cerebro nos da claves muy sugerentes.

Definimos cada vez de forma más detallada la psicopatía, contamos con instrumentos de diagnóstico fiables y empezamos a bucear en las interioridades de nuestra biología para ver qué factores pueden predisponernos a la psicopatía. Bien entendido que, de acuerdo con lo dicho en este Encuentro, hablamos de ´predisposición biológica a la psicopatía´, no de ´determinación biológica´. En términos generales, no se nace asesino, sino con cierta predisposición a actuar violentamente si ocurren determinadas circunstancias sociales.

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Segunda pregunta: ¿Qué tipo de trastorno es la psicopatía?

Hay quien considera la psicopatía como un trastorno mental. Son los menos; la mayoría de los psiquiatras y psicólogos y, en particular, los participantes en este Encuentro consideran que la psicopatía no es un trastorno mental, sino un trastorno de la personalidad.

Los psicópatas no son enfermos mentales. Son personas que presentan los síntomas interpersonales, afectivos y comportamentales que antes he citado: los tres tipos de síntomas a la vez; pues, si sólo nos fijamos en los comportamientos antisociales (como otros hacen), se diagnostican demasiados casos de psicopatía en poblaciones criminales y pocos en poblaciones no criminales. Esto nos lleva a plantearnos la tercera pregunta, la relativa a la confusión entre psicopatía y criminalidad

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Tercera pregunta. ¿Son sinónimos los términos ´psicopatía´ y ´criminalidad´?

Aunque hay una estrecha relación entre la psicopatía y el comportamiento antisocial y criminal, no todos los psicópatas caen en la criminalidad; pero, cuando así sucede, se distinguen cualitativamente del resto de los delincuentes. Como se ha dicho a lo largo de este Encuentro: ´La violencia de los psicópatas no tiene el color emocional que caracteriza la violencia del resto de las personas´, incluyendo entre ellas buena parte de los criminales corrientes. Su comportamiento criminal tiene un carácter depredador: ´los psicópatas ven a los demás como presas emocionales, físicas y económicas´. Sus carreras delictivas suelen ser cortas y se reducen considerablemente al llegar a los 35-40 años. Además, cuando incurren en la forma máxima de violencia, el asesinato y, en particular, el asesinato en serie, lo hacen de forma muy peculiar.

Los psicópatas predominan entre los asesinos en serie llamados ´organizados´. Son los multicidas que planifican fríamente sus asesinatos, que tienen ´gran habilidad para camuflarse (engañar y manipular), para acechar y localizar los cotos de caza´, que suelen ritualizar sus asesinatos y que suelen llevarse recuerdos de sus víctimas. Eso los diferencia claramente de los enfermos mentales –en particular, psicóticos que, ciertamente, predominan entre los llamados ´asesinos en serie desorganizados´.

Incurran, o no, en esta forma máxima de delito, los psicópatas abundan entre los delincuentes. Así, por ejemplo, aunque en los Estados Unidos se estima que los psicópatas sólo son un 1% de la población total, constituyen en cambio el 25% de la población reclusa. Según el FBI (1992), el 50% de las muertes de policías en acto de servicio es cometido por individuos cuyos perfiles encajan muy bien en el del psicópata. En España no hay cifras fiables. Sólo sabemos que algo más del 4% de la población reclusa son delincuentes muy peligrosos.

Además, sabemos que la tasa de reincidencia de los delincuentes psicopáticos es muy alta. Antes de transcurridos seis años desde su puesta en libertad, más del 80% de los psicópatas, frente al 20% de los no psicópatas, reinciden violentamente. Es más, la virulencia de sus actos parece crecer con la reincidencia.

Estamos, pues, frente a un delincuente cuyos crímenes tienen características muy distintivas. Suelen ser actos impregnados de una violencia muy peculiar: fría y devastadora. Son asimismo delincuentes con una tasa elevada de reincidencia.

¿Qué podemos hacer ante este problema?

Las conclusiones de este Encuentro no han sido negativas a este respecto.

Es necesario, en primer lugar, seguir profundizando científicamente en el análisis de la naturaleza del psicópata. Y ello no sólo por el interés teórico del problema, sino por un interés eminentemente práctico: tratar de actuar de manera que se evite que la justicia, apoyándose en normas legales científicamente cuestionables, decrete la libertad de individuos cuya reincidencia no tardará en producirse.

La legislación debería adecuarse a los avances hechos en este área del saber. En particular, tendría que asumir el carácter específico de la psicopatía. Aunque un psicópata no esté mentalmente trastornado, está claro que no es una persona normal. Por tanto, ni debería aplicársele la eximente por enfermedad mental, ni la misma pena que a una persona normal, ni dejarse a su libre albedrío el recibir, o no, terapia.

Pero debemos ser conscientes de que, con esto, el problema no queda resuelto hoy por hoy, pues las terapias no son todo lo eficaces que quisiéramos. Incluso algunas han resultado ser contraproducentes. Quizá ello se deba a que el psicópata parece incapaz de aprender.

Desde luego, la actitud propia de la sociedad respetuosa con los derechos humanos no puede ser, a partir de la creencia de que no hay tratamiento eficaz, renunciar a seguir transitando por la vía de la ciencia y no ver otra posibilidad que aplicar la ley del talión a este tipo de delincuentes. En concreto, la pena de muerte no es la solución, sino el problema.

La ciencia se ha desarrollado históricamente desterrando creencias. La ciencia ha hecho realidad en múltiples ocasiones lo que las creencias sustentaban como imposible. La ciencia (un valenciano, por más señas, el Padre Jofre) comenzó a ver trastornados mentales redimibles en quienes las creencias habían visto antes personas poseídas por el diablo.

Pues bien, en este Encuentro se ha dado un paso más en esta dirección. Puede ser que hoy no dispongamos de tratamientos de eficacia indiscutible, pero empezamos a saber que, al menos, podemos entrenar a estos delincuentes en habilidades cognitivas a fin de que comprendan los pensamientos y sentimientos de los demás, amplíen su visión del mundo y se formen nuevas interpretaciones de la normas y obligaciones sociales. Podemos enseñarles a entender los sentimientos de los demás, pensando que es en su incapacidad para sentir las emociones de los otros donde estos delincuentes encuentran la razón última de su forma de ser.

José Sanmartín

Director del Centro Reina Sofía

para el Estudio de la Violencia


*Colaboración de ´FCO JAVIER CABEZUELO NOVELLA´


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