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Comunidades / Historias eróticas de aficionados / Artículos / Jorge, Ana y Marco


Jorge, Ana y Marco


Mi nombre es Jorge y les escribo desde Valencia. Tengo 28 años y vivo con una chica, a la que llamaré Ana por no proporcionar demasiada información sobre nosotros, también de 28. A continuación les relataré la experiencia que, propiciada por mí mismo, ha cambiado por completo nuestra relación, y todavía está por ocasionar consecuencias que quién sabe qué giro darán a nuestra vida en pareja.

Empezaré describiéndome. Me reconozco adicto al cuidado del cuerpo y me mantengo en muy buena forma física, lo mismo que Ana. Salvo por una cierta alopecia, me considero atractivo y ejerzo bastante atracción entre las mujeres, si está bien que yo lo diga. Así seduje a Ana, que cualquiera de ustedes calificaría como una macizorra si se la cruzara por la calle. No sólo es preciosa, morena de pelo rizado y ojos de ensueño, sino que además tiene unos pechos y un culo perfectos. Hay chicas que tienen buen aspecto vestidas, pero decepcionan en cuanto se desvisten: les aseguro que Ana no. Las tetas son de anuncio, gordas, duras y bien puestas, con una aureola hinchada que corona su pezonazo y que se marca se ponga la ropa que se ponga. En otro orden de cosas, conseguí un puesto muy bien remunerado nada más acabar la universidad, y actualmente llevamos un nivel de vida muy alto.

No puede decirse de Ana que sea una reprimida en materia sexual, experimentaría conmigo cualquier perversión. Sin embargo, la idea de incluir a otras personas en nuestras relaciones nunca le había hecho gracia. Decía que se sentiría celosa de verme cachondo a causa de otra mujer; y desde luego nunca se le ocurrió hablar de otros hombres, me quiere y respeta mucho y nunca daría a entender que no la satisfago por mí mismo. La idea de verla disfrutando con otro hombre la tuve en la cabeza desde varios años atrás. Cuando nuestro sexo se hizo monótono y yo empecé a verla como compañera más que como amante, ese tipo de fantasías se me fueron metiendo en la cabeza. Poco a poco, con tacto, intenté llevarla a ese terreno. Empecé a alquilar porno en el que dos hombres follaban con una mujer, o le proporcioné historias eróticas en la misma línea. Reconozco que me avergonzaba confesarle mi deseo, y fui tanteándola sutilmente. Cierto día conseguir llevar la conversación por esos derroteros. Bajo el pretexto de meter a otra mujer en nuestra cama, fingí acceder a experimentar primero con un hombre. Ella no quería saber del tema al principio; al final cedió, algo dolida por mi desconfianza en nuestra autosuficiencia como pareja.

A partir de entonces empecé a buscar al hombre adecuado, reflexioné sobre los gustos de Ana y quise encontrar a alguno que pudiera ser de su agrado, al menos en lo físico. Supuse que un chico delgado y musculoso, joven y con culo respingón sería la elección que ella tomaría para sí misma. Por mi parte, me calentaba la idea de verla con un superdotado, verla manosear una polla enorme, estrujar unos cojones redondos y rotundos, pelar un nabo voluminoso y duro. Después de revisar infinidad de anuncios en periódicos, y no estar nunca seguro de mi elección, incluso llamar a los candidatos por teléfono y después ser incapaz de encontrármelos cara a cara para visuar el material, al fin un día me decidí a acudir a una agencia de modelos de despedidas de soltera. Con un falso pretexto ante la dueña que me enseñó el book, elegí al tipo que más me sorprendió. Descarté a hombres de color, porque yo sabía de la preferencia de Ana por los blancos. Escogí a un chico de cuerpo estilizado, pero muy musculoso, rubio y guapito, y con un paquete sorprendentemente grueso (en la foto vestía unos slips y sólo se apreciaba el bulto). Me permitieron contactar con él personalmente, habiendo pagado una buena cantidad en la agencia. Superé mi cortedad y, por teléfono, le conté al tipo mi deseo. Él aceptó, tomándolo con mucha naturalidad, posiblemente hubiera participado en situaciones parecidas en el pasado. Más por iniciativa suya que mía, concretamos la cita para el siguiente sábado. Me pareció tan precipitado, tan próximo, que al principio pensé en echarme atrás. Al final, cerramos el acuerdo.

Preparé a Ana durante la semana, siempre le di a entender que esta experiencia sería un tributo a ella, que lo pasaría bien, y que yo transigiría. Imagino que a estas alturas, ella ya se habría dado cuenta de que era mi deseo el que iba a satisfacerse.

El sábado Ana dedicó parte de la tarde a prepararse. Aún sin excederse en la indumentaria, se puso muy guapa y sensual. Cenamos poco y yo procuré emborracharla en cierta medida, a pesar de que ella nunca ha sido muy partidaria del alcohol. Al llegar la hora, el timbre sonó con mucha puntualidad. Dejé a Ana en la sala de estar y yo mismo recorrí el pasillo a abrir la puerta. El modelo me resultó un tipo muy atractivo, más corpulento de lo que parecía en la foto. Aunque parezca una estupidez a estas alturas, sentí celos por si era más del gusto de Ana que yo mismo, lo que me pareció muy probable. Yo soy atlético y de buen ver, pero sin duda él me superaba. Además, por supuesto yo no me podía comparar con el generoso rabo que le había adivinado en la foto. Vino con unos vaqueros ajustados y una camisa, elegante a pesar de un vestuario tan cotidiano. Le saludé y pareció simpático, muy seguro de sí mismo. Le hice pasar y se lo presenté a Ana, a quien vi totalmente avergonzada. El modelo, Marco, la miró fijamente y sonriendo, posiblemente pocas veces en su trabajo se había encontrado con tal belleza. Le invité a tomar una copa, que aceptó. Hablamos de si le había resultado fácil encontrar la casa. Él se volcó en atender a Ana, acercándose a ella e incluso rozándola como por casualidad. Mantuvimos la tele encendida para relajar la tensión de la situación, Marco parecía el que se encontraba más tranquilo y a gusto. Charlamos de ligerezas y bebimos durante unos veinte minutos, el chico aprovechaba para insinuarse a Ana con sus maneras de experimentado seductor. No lo calificaría de demasiado brillante, pero era pícaro y tenía labia. Cuando se hizo un silencio demasiado largo, le pregunté a Marco si le gustaría tomar una ducha, lo que supongo que sonó tan estúpido a ellos como me sonó a mí. Él accedió, y se alzó de la silla, tocando el hombro de Ana.

En el cuarto de aseo tenemos una bañera circular muy amplia, un jacuzzi. La iluminación es pastel, benévola, y la estancia está decorada con varios espejos que la hacen parecer mayor de lo que ya es. Invité a entrar a Ana con Marco en el baño, mientras yo me situé junto a la puerta, observando. Cuando Ana estuvo cerca de mí le susurré: “Esto parece que va a suceder de todos modos, así que siéntete libre y disfruta cuanto puedas”. Apenas reaccionó a mi comentario, pero su comportamiento posterior me confirmó que había aceptado mi consejo. Marco se fue despojando de la ropa despacio y provocando a Ana, con la mirada y aproximándose a ella. Desde luego era atlético y bastante bronceado. Ana lo miraba con timidez. Él le hizo gestos de que desabrochara los botones de su bragueta, y ella le siguió el juego. Palpó su vientre musculado y procedió a desabrochar aquellos botones, con parsimonia y picardía. Mi sensación ante aquello fue confusa, me sorprendió el arrojo de Ana, yo mismo comenzaba a estar muy excitado, a la vez que tenso y extrañamente celoso. Ana iba acariciando su paquete con el revés de la mano a la vez que iba abriendo los pantalones. El bulto que se adivinaba era muy contundente. Cuando hubo concluido con los botones, descendió ligeramente los pantalones y miró acalorada el paquete que tenía junto a su mano. Acercó la mano lentamente y empezó a palparlo, primero el bulto de las pelotas y después recorriendo la silueta de la polla, que seguía hinchándose en sus manos. Marco se despojó del calzado y los pantalones con los slips aún puestos, casi incapaces de retener aquel gordo instrumento. Luego la invitó a desnudarlo del todo. Ella metió sus dedos bajo la goma del calzoncillo y lo fue bajando. Yo miraba expectante y cachondo como pocas veces en mi vida. Apareció el pubis rasurado, y luego poco a poco el tronco de su polla, que parecía interminable; tanto, que Ana optó por meter la mano y sacar la polla ella misma. El rabo era gordo y muy largo, Marco se encontraba a más de un palmo de Ana y aún así el glande se aplastaba contra el vientre de ella. Ana lo pajeó ligeramente y el miembro aún se le puso más duro y venoso. El tacto parecía suave, sin embargo. Marco gimió y empezó a sobar las tetorras de Ana, sé que eso la encendió porque está muy orgullosa de sus pechos y encuentra placer en calentar a quien se los toca. Ella agarró con fuerza el tronco de la polla de Marco, meneándosela, y él estrujó las tetas hasta hacerlas rebosar el escote del vestido. Vi que Ana sujetaba con cuidado los huevos de Marco con su otra mano, justo antes de tomarle a él su mano libre y ponérsela entre las piernas. Marco le refregó la mano por la entrepierna, y ella se abrió un poco para ofrecérsele. Después Ana se colocó el rabo en la entrepierna y lo aprisionó con los muslos, para entonces balancearse adelante y atrás como pajeando a Marco con sus piernas. En poco rato, Ana se hubo desvestido y ambos se metieron en la bañera. El brazo del grifo es extensible y dejaron el chorro de agua templada fluir encima de ellos mientras se entregaban a sus manoseos. Yo consideré la posibilidad de masturbarme en la distancia, pero finalmente decidí desvestirme y unirme a ellos. Entré en la ducha y me coloqué a la espalda de Ana, acariciando su cintura y trasero. A ella pareció calentarle mucho tener a dos machos a su disposición, pegó su cuerpo al de Marco cara a cara y me atrajo hacia ella para hacerla un sandwich. Los dos chicos nos dedicamos a palpar y estrujar a Ana durante largo rato, que se arqueaba y suspiraba como loca. Ella parecía sentir predilección por Marco, circunstancia que no le reprocho, y cuando agarraba nuestras dos pollas con las manos yo podía ver que se concentraba en la de él, que meneaba salvajemente arriba y abajo, apenas sujetando la mía entre los dedos.

Entonces nos fuimos a la cama. Yo los dejé actuar solos en principio. Marco tumbó a Ana bocarriba y él se sentó sobre su vientre. Los cojones y la polla descansaban pesadamente sobre las costillas de ella. Ana se dedicaba a cogerlo del culo, parte de la anatomía por la que ella tiene predilección, y estrujar sus glúteos duros y respingones. Así manejándolo del culo le hacía frotar sus genitales sobre el pecho de ella. Marco decidió agarrar con ambas manos los pechos de Ana y empezar a practicarse una cubana. Ana apenas tuvo que inclinar el cuello para meterse en la boca el glande de Marco, muy reventón para entonces. Vi que Ana dedicó una de sus manos a masturbarse, y en tal actitud estuvieron bastante rato. Yo no había previsto la posibilidad de que este otro hombre penetrara a mi esposa, en mis fantasías siempre era yo quien la follaba mientras nuestro acompañante era apenas un espectáculo a los ojos o las manos de ella, pero en aquel momento deseé ver aquella verga descomunal abriendo de par en par a Ana, más de lo que nunca he deseado echar un polvo yo mismo. Busqué rápidamente condones y se los acerqué a Marco, quien entendió. Ana ni siquiera me miró, cachonda como estaba, y desde luego dispuesta y deseosa de ser follada. Marco se colocó el condón, y aún desenrollándolo completo le faltaron varios centímetros para cubrir la base de la polla. Volteó a Ana, a quien colocó debajo de él, y mirándola fijamente le arrimó el glande a la vagina. Ella hizo un ruido como de animal en celo y se mordió los labios. Marco empezó a hincársela centímetro a centímetro, en vaivenes. Al entrar le arrastraba los labios hacia dentro, parecía imposible que aquel grueso cilindro pudiera estar entrando en su coñito, sin duda lo posibilitaba la por entonces abundante lubricación de Ana. Ella se impacientaba por tener todo aquel cacho dentro, y le atraía con fuerza del culo. Marco se amorró a las tetas de Ana mientras le hincaba dentro cuanto podía, y se puso a menearse sobre ella. Así la folló varios minutos, después la alzó encima de él y, sentándose al borde de la cama, la fue ensartando una y otra vez. Ella se agarraba a los prominentes pectorales de él, mientras él alternaba su atención entre los pechos de ella y su culo, que manejaba a fin de controlar las penetraciones. Aunque Ana es alta, él era capaz de manejarla con ligereza. Con las manos bajos sus cachetes, que aprovechaba para abrir bien y facilitar la invasión, la manejaba como una muñeca. Follaron bastante rato más, que a mí se me hizo corto sin embargo. Ana llegó a correrse con mucha intensidad, la vi poner caras de éxtasis que ya no recordaba, le gritó guarradas que conmigo apenas si se atreve a susurrar en los orgasmos, se agarraba a él como si le fuera la vida. Al correrse, dejó escapar un gemido muy largo y articuló: “Rájame con ese pollón que tienes, hijoputa. Quiero toda esa tranca bien honda dentro de mí”. En cierto momento, Marco relajó el ritmo y dijo a Ana que se corría, y prefería que ella le acabara con la mano. Ana le sacó el condón y empezó a meneársela con muchísima fuerza y velocidad, casi con rabia. Él tensaba los músculos y la besaba agarrándola del pelo. Cuando la corrida era inminente se tumbó hacia atrás sobre la cama, alzó las caderas, con lo cual su impresionante polla quedó en alto como un mástil, y dejó que Ana le diera las últimas salvajes sacudidas hasta correrse. Vi la cara de puta de Ana estrujando aquel grueso mandoble, orgullosa de arrancar toda la leche de aquellos grandes huevos, sacando uno tras otro inacabables chorros de esperma, exprimiendo el tronco como posesa. Cuando acabó, pasó un rato sobándole de arriba abajo el rabo, e incluso besando el abdomen de Marco. En todo este tiempo ambos me mantuvieron ignorado, sin echar cuentas de mí.

Hablar de aquella experiencia con Ana es todavía difícil para mí. Después de aquello sólo hemos follado un par de veces, y esto ocurrió ya hace más de dos meses, y para colmo estos dos polvos me han resultado tan míseros ahora como supongo le han parecido a ella. Creo que como pareja estamos acabados, aunque aún nos queramos y ninguno se atreva a decirlo. Me planteo si repetir de nuevo la experiencia, o si incluir a otra tía en nuestro juegos esta vez. Creo que estas perversiones son la única salida a nuestra monotonía.

Si alguno de los lectores/as cree poder ayudarme, a base de consejos o incluso poniendo en marcha alguna experiencia conjunta, puede contactar con toda discreción conmigo a:

ejorgelr@yahoo.es




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