 Me dejaba llevar de la mano   Me dejaba llevar de la mano, como una niña mala de la mano de su madre hacia su cuarto castigada. Como entonces, mil pensamientos se agolpaban en mi cabeza a ritmo vertiginoso. Le miraba, como se mira un caramelo en el escaparate de la tienda, con deseo, con ansia, con ganas de tenerlo entre en la lengua, saborearlo, deshacerlo hasta consumir cualquier rastro de dulzura.
Por eso no dije nada, sabía de sobra donde íbamos, pero no había nada en mi cuerpo que me frenase, que me dijese que debía pararme, soltarle y dar media vuelta. Porque cada centímetro de mi piel se había rendido antes de tiempo, antes de poder empezar una batalla que tenía pérdida de antemano. Y le seguí en silencio, a través de la arena, del césped, de la oscuridad, hasta aquel banco, ocultado entre mil sombras nocturnas. Las burbujas del alcohol fluían por mi sangre elevando la temperatura del cuerpo. No hacía falta adivinar, el deseo se veía en los ojos de los dos, en su cara, en su boca. Que pronto estaba entre la mía, besando como la primera vez, como si fuera lo más deseado del mundo, sin querer que se escapase de mis labios, sintiendo como su lengua inundaba mi boca y se expandía cubriendo cada vacío. Sus manos nerviosas, rápidas, se encargaban de deshacerse de mi chaqueta, dejarle la libertad suficiente para quitarme la camiseta, que se quedó arrugada en un lado del banco, lo siguiente que buscaban sus dedos era el broche del sujetador y mientras me lo quitaba, un escalofrío recorría mi espalda al contacto con sus dedos. Mi cuerpo se había abandonado por completo, se entregaba desobedeciendo a una débil conciencia que decía que esto no era correcto, pero ¿Qué podía hacer? Si cada rincón de mi ser me pedía perderme en él, entre sus brazos, en cada jirón de su piel, así que me aferré a su cuerpo, notando su piel caliente.
Sus labios se entretenían con mi cuello, mientras bajaba poco a poco hacia mi pecho, suavemente empezó a besarlos, buscando con su boca mis pezones para jugar con ellos y conseguir enloquecerme. Estaba sentada encima de él y notaba a través del pantalón como su deseo aumentaba, así que deslicé una mano por debajo de su ropa interior y comencé a acariciar su sexo con las yemas de mis dedos notando como se iba poniendo cada vez más dura entre mis manos. Con un movimiento rápido me cogió por la cintura y metiendo la mano entre mi falda me quitó la ropa interior, deslizándola por mis piernas despacio y la dejó junto a mi bolso. Y sólo tuve que sentarme suavemente encima, mientras despacio él se iba introduciendo en mí. Un suspiró se me escapó del alma mientras le sentía en mi interior llenando un vacío no sólo físico. Como si se tratase de un impulso eléctrico mi piel se iba erizando y mi sexo hinchando con un creciente cosquilleo, no sé cuanto tiempo pasó, pero sin darme cuenta sentí que podía tocar las estrellas con los dedos. Miré su cara con esa expresión de placer que inundaba cada una de sus muecas y no pude contener las lágrimas, que resbalaban por mí, como gotas de lluvia, incapaz de retener un momento que se me escapaba de las manos. Me abracé a él, a su cuerpo cálido, a su suave piel, mientras en mí aún permanecían los resquicios de la anterior explosión. Nos separamos lentamente, y yo me senté a su lado, pero nuestros labios se volvían a juntar como dos imanes y de nuevo un cosquilleo revolvía mis entrañas, la pasión comenzó a desbordarse por mis labios, y empecé a cubrir su piel centímetro a centímetro, bajando por su cuello, por su pecho, por su vientre y cuando llegué abajo, su sexo ya había comenzado a hincharse de nuevo. Las ganas de que me perteneciera se hacían más y más grandes y mi lengua empezó a jugar con su pene para atraparlo entre mis labios, en el interior de mi boca notaba como iba creciendo, mientras sus manos dibujaban caricias en el resto de mi cuerpo.
Podía saberlo sin mirarle, pero fue él el que me levantó y me volvió a poner encima muy, muy despacito como si me quedase atrapada en un eterno segundo y fue introduciéndose, esta vez no en mi sexo, sino en ese agujero prohibido, mientras me seguía besando. Comencé a moverme encima suyo mientras sus manos iban clavándose en mi espalda, nuestros dos cuerpos llevaban el ritmo lento de una canción que al llegar al final estallase, porque de repente todo mi interior se llenó de calor y mil mariposas nos recorrieron palmo a palmo. Me encantaba ver su cara relajada que segundos antes soportaba la tensión de retener el placer que llegaba a sentir. Todo se borró por un segundo de mi mente y sólo podía mirar sus ojos, escuchar su aún agitada respiración y me dejé llevar por un ambiente abrumado por una pasión muy caliente, me mareaba entre un torbellino de gemidos, de deseo, de sentidos y de sexo; notando como cada pedacito de mí llegaba a un paraíso de tranquilidad.
Después sólo hubo miradas limpias, sinceras, las que me decían que nunca más volvería a sentirle en mí.
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