
Reportaje a Maria Elvira Echeverri


El secuestro, es vivir la muerte en vida. Es vivir la anulación del ser. Es quedar reducido a una mercancía de canje, por la cual se negocia cualquier cosa, desde un pedazo de tierra, un carro o algunos millones. Es no tener la libertad ni siquiera de pensamiento, pues uno se ve involucrado en una guerra emocional en la cual juegan con tu mente para mantenerte con una esperanza de vida. Es participar de una travesía inhumana para la cual no te has preparado ni física, ni mental, ni emocional, ni espiritualmente. Es enfrentar las armas, los explosivos, los camuflados, los encapuchados, la noche, el frío... es sentir que cada minuto es el último. Es templar el alma, sobrepasar tus límites y tomar decisiones de vida o muerte, no importa a qué costo.
Pero ¿quiénes ejecutan el secuestro? ¿Quiénes te sacan de tu cama, de tu casa, te ponen unas botas y te obligan a rodar monte abajo, a caminar por horas, a pasar hambre y a sentir frío? Son unos niños que no se saben ni el “ángel de la guarda”, ni el Himno Nacional. Tampoco saben escribir ni leer. No saben muy bien cual es el motivo que los tiene en el monte, pero se sienten poderosos detrás de sus armas, sin embargo, algo que sí tienen claro es que no quieren eso para sus hijos. Estos jóvenes, muy cercanos a la minoría de edad, secuestran a bebés, a niños, a jóvenes, a mujeres, a ancianos. Es una guerra de niños e inocentes. No son hombres luchando contra hombres.
Es desconcertante que después de una vivencia tan fuerte, uno no pueda traer un mensaje claro: ni político, ni social, ni cultural. Es desalentador pagar un precio tan alto, en términos económicos, físicos, espirituales y emocionales y saber que el “pellejo” de uno ni fue el último, ni hace la diferencia.
Mi vida en cautiverio
El primer contacto con los secuestradores. Unos minutos de incertidumbre y desconcierto total en los cuales no oyes, no entiendes, no ves... tu cuerpo se paraliza del terror y no respondes. No sabes cómo actuar, qué decir y enfrentas un sentimiento de muerte y miedo que te inunda el alma y el pensamiento. Esta incomprensión puede perdurar horas y quedas en manos de tus más profundos instintos de sobrevivencia: tu otro yo, tu animal interior. Luego no recuerdas, no sabes por qué actuaste de cierta forma y no te explicas cómo ocurrió todo. Esta escena se repite cada vez que eres sometido a un interrogatorio, a una visita del comandante, cuando te exigen que escribas para hacer envío de pruebas de supervivencia o simplemente cada vez que estas personas se acercan a algo diferente que no sea alimentarte.
Estar rodeados por paisajes y ambientes que no son familiares, no tener dominio del espacio, no saber moverte entre el monte, son todos factores que refuerzan la pérdida de tu territorio. No tienes un espacio íntimo, no tienes privacidad, los sonidos son atemorizantes y creas una actitud de vigilancia permanente que te agota con el paso de los días. No duermes, no descansas, no disfrutas la comida.
El tiempo parece detenerse. Los minutos pasan más lentos de lo que jamás imaginaste. No hay nada que hacer sino estar contigo mismo hasta hartarte de tu presencia, hasta sentir tu mal olor, hasta incomodarte con tus pensamientos, hasta idear situaciones suicidas. Tu cuerpo comienza a tensionarse de estar inmóvil y sólo cuentas con algunos minutos del día para estirarte.
Vas al baño y sientes cómo tu cuerpo expulsa tensión, estrés y percibes el deterioro. Tienes que usar siempre el mismo espacio para hacer tus necesidades y debes vivir con ello, con tus restos y los de otros. Es humillante, indignante, es espantoso. Pero tienes que vivir con ellos, comer de su mismo plato, comer de lo que te dan, creer en su palabra... sobrevivir está en tus manos y en las de ellos.
Te dan un sobrenombre. Fui registrada y como quisieron me llamaron. Aprendí a responderles y también a reconocer las voces que me llamaban. Con los días se vuelven familiares y no necesitas conocer sus rostros. Te vuelves perceptivo a sus movimientos en la noche, a sus ojos, a sus gestos corporales, a sus olores. Esa es tu nueva familia. Ellos cuidan de ti, tú eres su mercancía. Para ti, ellos son tus captores pero también, tu única compañía. Tus confidentes si ya no aguantas. Tu consuelo si el pánico se apodera de ti.
La ausencia
La familia vive una desaparición. No es una muerte, ni una enfermedad. No se puede llenar el hueco, ni recoger tus cosas. No se sabe nada. La incertidumbre es total. Se imaginan todo lo malo y no saben cómo actuar. Luego de que se rompe el silencio y se inician las negociaciones, se trata de una compra-venta. El negociador de la familia se desmorona con cada llamada y las tensiones que genera la toma de decisiones va marcando a cada integrante en la casa. Cada uno de ellos tiene que asumir que la vida sigue. La familia envejece aceleradamente día a día.
La hora del desayuno, el almuerzo, la comida, el baño, la cama, la lluvia, el sol, las noticias, los comerciales, en fin el paso del tiempo, los minutos,... todo les recuerda que no saben nada de ti y que además no pueden irrumpir en tu espacio, pues quieren que vuelvas y te están esperando. A veces esta espera se prolonga por años, a veces no se vuelve a saber nada... y la vida sigue y ellos quisieran estar muertos antes que vivir esa pesadilla en esa incertidumbre crónica.
Yo volví 24 días después y sentí como si hubieran pasado años. Los ojos, el cansancio, el desgaste de toda mi familia no tiene precio, no se puede indemnizar. Cada uno de ellos ha cambiado. Mi relación con cada uno de ellos es diferente. Habrá muchas cosas que yo no sé y muchas otras que no he podido compartir con ellos. Se trata de vivencias donde las fibras más vulnerables están desprotegidas y sólo el tema abruma los ojos de todos. Sin embargo, la fortaleza de todos ellos me sacó viva del cautiverio.
La vulnerabilidad
Indudablemente el temor a una violación, a una tortura o a un maltrato te invaden desde que sientes su presencia, inclusive antes del secuestro. Pero, cuando estás allá, comienzas a dar gracias por cada segundo que pasa en el cual se han mantenido lejos o mejor, no tan cerca de ti. Sin embargo sientes, que sólo su obligada presencia te está violentando. Cada mirada y cada movimiento te penetran y sientes su necesidad de contacto.
Tener que juagar tu cuerpo en medio de la nada, estar expuesto a los ojos no sólo de ellos sino de ellas. Tener que usar ropa que no has comprado, que no te gusta, que te pica, que no te queda. Tener que acceder a que te presten ropa, a que laven tus cosas. Que sepan si tienes tu período.
Esas son cosas que dejan huellas. Y sólo aquí de vuelta, te das cuenta que una violación no fue necesaria. Que has quedado al descubierto, desprotegida, insegura, lastimada. Que sus propuestas de acercamiento y coqueteos te hirieron en lo más profundo de tu ser y hoy, sientes vergüenza. No quieres arreglarte, ni que te miren, ni que te halaguen. Quieres cubrirte y tapar no sólo tu cuerpo, sino tu miedo a volver a sentir.
Necesitas que te reafirmen, que te aprueben, que te ayuden a tomar decisiones. Es como retroceder en el tiempo y volver a ser hija de familia en la cual pedías permiso, te llevaban, te traían, te aconsejaban permanentemente y por encima de todo siempre era necesaria una aprobación. Es como si quedaras incapaz de tomar tus propias decisiones y algo muy dentro de ti hubiera quedado apagado, fundido.
Ha sido un año de volver a recuperar esa parte de mí que estaba perdida. No sabía dónde buscar y lo encontré en estas palabras y en mi pintura.

 |
|

novart
 |
|
$$imgcom$$ |
|



|