
Violencia en el arte


Hablar de violencia en el arte, no es ni novedoso, ni espectacular, sin embargo desvela una tendencia de la época que no hace más que reiterarnos que la violencia de nuestros tiempos todavía no nos logra insensibilizar.
Admitir la belleza, el patetismo del horror, ha sido una actitud completamente humana desde hace siglos, sólo para tomar algunos ejemplos veamos la maravilla que llega a ser el Infierno del Jardín de las delicias creado por el Bosco en el siglo XV, o los Fusilamientos del 3 de mayo de Goya al iniciar el XIX. Si nos centramos en el pasado siglo, vemos cómo se hizo escuela en la recreación de la miserableza humana; el expresionismo, aún hoy halla seguidores.
Si vemos la historia colombiana del arte, es imposible no percatarse del impulso que la violencia ha causado en el desarrollo de la creación artística. Nombres como Débora Arango, Alipio Jaramillo, Pedro Alcántara, Alfonso Quijano, Luis Angel Rengifo, Alejandro Obregón, Beatriz González y Doris Salcedo, entre otros, pueden ilustrarnos claramente de qué manera ha influido la situación, la historia nacional en la definición de su obra pictórica. Cada cual describe en su obra un momento muy preciso en el acontecer nacional.
Violencia bipartidista, autodefensas, tortura, masacres, son temas recurrentes en sus obras, y que reiteran el carácter cíclico de la historia.
Casi que se nos narra una historia que se aleja de la oficialidad del recuento tradicional. Es el artista intérprete de su tiempo que sigue la consigna del filósofo Adorno: “El arte no da respuestas, cambia las preguntas”. El artista sugiere, provoca, no prueba. El artista crea en su vida, en su cuerpo, en su movimiento. El artista interviene en política, lo cual quiere decir que desgarra, que deja al desnudo. Que crea en su intensidad, en su poder explosivo. El futuro político se haya a disposición del artista: lo único que importa es el movimiento. La intensidad y la voluntad de catástrofe, explica el estudioso Lionel Richard en 1979 y aún sigue vigente su pensar. Se toca entonces el tan cuestionado y relamido tema del compromiso político del artista, y se le tacha de político si expresa su opinión en lo que sabe hacer, pintar, y eso simplifica el mensaje, pues no es un mensaje obvio. La ilustración de una situación política por medio de la alegoría, ya es letra muerta (…) la ruptura con placidez o la neutralidad expresiva; la creación artística como crítica implícita; el arte convertido en factor de disturbio que los organismos de poder rechazan como elemento extraño, tales son las alternativas que pueden darle un significado válido a las obras. Mejores palabras que estas de Marta Traba, no pueden explicar la obra de arte como desencadenador de reflexiones.

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