
Reportaje a Michelle Lopez


Tal vez sólo al entrar al estudio del artista puede comenzar a concebirse de manera real el mundo que éste construye. Unos prefieren trabajar en la oscuridad, aislados, otros prefieren la luz, las grandes vidrieras que filtran el sol y sólo así conciben el colorido de sus obras. Este es el caso de Michelle López, dibujante de vocación y pintora de profesión.
Tal atracción por la luz puede explicarse por la fascinación que el mundo y su color le han dejado como recuerdo imborrable. Desde sus dos semanas de nacimiento, en Massachussets, Estados Unidos, ya estaba emprendiendo el vuelo para no dejar de establecerse en innumerables lugares del mundo: Nueva York – San José de Costa Rica – San Juan de Puerto Rico - Panamá – Sevilla - Nueva Jersey - Humera – Río de Janeiro – Connecticut – Florida – Nueva York - Vermont – Bogotá. Este larguísimo trayecto de viajero indudablemente perfila su obra pictórica y tantos lugares ayudan a construir el escenario fantasioso de su pintura. La luz del trópico, el caos de las metrópolis, la festividad del Brasil, la luz ibérica, el frío, la extrema pasividad e inquietante paso del tiempo de Connecticut y Vermont, cada uno de estos espacios ha creado algún sentido de su obra, ha dejado su impronta en la tela que casi podría metaforizar el mundo, su mundo.
Su figura es frágil, delgada, espigada y tiene un carácter sereno y cariñoso. Su lengua es una combinación de sus múltiples orígenes, es norteamericana, su padre paisa, habla con su madre en portugués, con sus hermanos en inglés, pero también se defiende en español, no sin estar exenta de un acento inevitable, pero que logra su encanto. Es tan multicultural que no puede encasillársele, no puede clasificársele. Su familia es su tema de conversación, sus dos hermanos gemelos de 16 años le llenan el alma, su melliza Kathy también le despierta una enorme sonrisa, y bueno… su madre, no hay palabras para describir tanto amor, tanta camaradería, tanto impulso. Esa mujer, de sangre carioca, al principio engaña, uno se pregunta donde está la sangre latina, pues es supremamente europea, blanca, y allí viene la puntualización de la hija, develando de nuevo otro rasgo étnico: sus abuelos, lituanos, viajaban en barco frente a las costas brasileras, cuando se averió el motor, impasse que les hizo observar con más detenimiento el paisaje seductor y decidir quedarse allí y asentarse.
Se rodea de atmósferas tranquilas, inspiradoras. Se agota con la desolación, por eso pinta temas introspectivos, elevados, levitantes, llenos de vida y colorido. Múltiples imágenes la rodean, tiene cantidades de libros de sus ilustradores favoritos; lee diversos temas al mismo tiempo desde The Essential del poeta afgano Rumi, hasta la figura del artesano en Egipto en The Stone of light, y nunca deja de lado a autores como Kurt Vonnegut, García Márquez, Isabel Allende o Paolo Coelho, quienes de diversas maneras inspiran su obra.
Pinta más de 12 horas al día al buen sonido de Tracy Chapman, y siempre anda con una libreta en el bolsillo para capturar cuánta imagen le inspire una nueva historia. Aún así, todavía encuentra el tiempo para practicar el Tai Chi, natación, pesas y toda clase de juegos de mesa que le permitan interactuar, y debe ser por esto que tiene un monopolio en una de las mesas de su gran estudio. Las idas al campo la restauran y le inyectan toda una nueva energía que luego transforma en los colores de sus óleos.
Trabajó por varios años en agencias promotoras de ilustradores, en tiendas de arte, en Wall Street creando sitios en la red, tanto en el diseño artístico de las páginas como de sus banners y de sus gráficos computarizados. Sin embargo hay algo que tiene claro y es que prefiere la manualidad y que su mayor anhelo es ilustrar libros para niños.

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